Esencialmente voy a dar un paso atrás. Me he dado cuenta al intentar contar esta historia que por sí sola queda sosa. Quiero alejarme para verla con cierta perspectiva y voy a escribirla de nuevo DESDE EL PRINCIPIO. Y el principio no es el encuentro con Murray. De momento tengo el esqueleto. Veremos cómo sigue.
jueves, 19 de abril de 2007
jueves, 12 de abril de 2007
Problema con el siguiente fragmento del cuento
El siguiente fragmento del cuento del laberinto es demasiado largo para meterlo aquí. Estamos hablando de unas 4 páginas, con lo que no sé que hacer, si emitirlo por fascículos o enviárselo a quien me lo pida por mail... estoy a la espera de sugerencias :)
NOTA: estoy corrigiendo, porque ALGUIEN me ha dicho que hay cagadas muy grandes :)
miércoles, 11 de abril de 2007
La Segunda Prueba
El suelo era de piedra y estaba frío. Era lo segundo que había notado al despertar. Lo primero había sido el dolor que se acumulaba por todo su cuerpo, como si lo hubiesen hecho zumo concentrado y luego hubieran querido hacer una fruta hermosa de los restos. Decidió que lo mejor era no moverse. Abrió los ojos poco a poco intentado utilizar el menor número posible de músculos. No esperaba ver nada útil, pero, aún así, realizó el esfuerzo. Se encontró con un techo de piedra oscura más bien poco interesante. Moviendo los ojos a muy despacio, siguió el techo hasta que se encontró con una única pared sin esquinas. Llegó a la conlusión de que la habitación donde que se encontraba era un cilindro de piedra. La luz entraba por tres troneras: una a su derecha, otra a su izquierda y la última entre sus piernas. No intentó mirar si había algo tras su cabeza; abrir los ojos ya había supuesto un sobreesfuerzo. Así, el Señor del Laberinto se quedó como lo habían dejado: desnudo y estirado como una estrella de mar. Poco a poco cerró los ojos y esperó.
martes, 27 de marzo de 2007
La prueba
[ Editado ]
- Bien, Señor del Laberinto - dijo Murray con su voz cascada habitual -, ya me has convencido de tu identidad. Pero no soy el único. Ahora debes demostrarles a ellos quién eres.
- ¿Ellos? ¿Quiénes? ¿Quién más vive aquí?
Murray alzó un brazo e hizo un movimiento tratando de abarcar todo lo que había a su lado.
- Todos. Debes mostrarte ante los muros, las rocas, los caminos, las sombras y ante todas y cada de las criaturas que alguna vez llegaron a este laberinto y ahora viven en él hasta que encuentren la salida.
- Pensaba que cuando tú me reconocieras todo estaría hecho - dijo el señor -. ¿Qué debo hacer? ¿Ir uno a uno presentándome?
- Quizá. Eso sólo el auténtico señor lo sabe. Supongo que lo único que puedes hacer es entrar y empezar. Pero recuerda: el laberinto exige un precio que debe ser pagado.
Murray le indicó con la mano cuál era la entrada. El chico delgado que se encontraba frente a él, el nuevo señor del laberinto, comenzó a andar y, mientras se acercaba a la puerta, imágenes de salidas de sus sueños inundaron su mente y le indicaron qué debía decir:
- Entrego al laberinto quien fui. Entrego mi nombre y mis recuerdos. Entrego los pasos que dí hasta llegar aquí y que sea el laberinto quien se sirva de mí.
El suelo tembló, como una bestia dormida que está saliendo de la hibernación y las paredes del laberinto empezaron a moverse hacia el chico con el sonido de una avalancha de miles de rocas donde cada una de ellas susurraban. Los susurros, como una orquesta que afina sus instrumentos antes de la representación, inconexos pero bellos, fueron armonizándose hasta ser una sola voz que pronunció dos palabras:
- ASÍ SEA.
El Señor del laberinto, con la mirada perdida como si estuviera en trance, vio acercarse las paredes sin moverse. Justo antes de tocarlo, los muros se detuvieron y las rocas hablaron por segunda vez:
- QUIERES SER NUESTRO SEÑOR Y ESTÁS DISPUESTO A PAGAR EL PRECIO QUE ÉSTO CONLLEVA. NOS PROTEGERÁS. NOS GUIARÁS. NOS GUARDARÁS. NOS ALIMENTARÁS. CON TU VIDA.
- Así sea - dijo el señor.
Los muros se cernieron sobre él como aguas que son atraídas al centro de un remolino marino y lo encerraron en un ataúd de piedra. Tras unos segundos, las paredes se separaron, dejando escapar un humo negro que se disipó y volvieron a formar parte del entramado de pasillos del laberinto, como si nada hubiese ocurrido. Pero algo había ocurrido: el señor había desaparecido.
Murray, que había visto toda la escena desde una distancia prudencial, se acercó a su puesto de guardia. Comprobó que el señor del laberinto no estaba y que el humo se había disipado completamente. No sabía si volvería a ver a aquel chico. Había conocido muchos señores que no habían superado la prueba del laberinto, lo que sólo había supuesto la llegada de nuevos señores. Así que el Guardián de la Puerta se sentó en aquella casucha que le hacía de garita y mientras hacía malabarismos con una moneda, se sentó a esperar.
miércoles, 21 de marzo de 2007
La llegada del Señor
Un hombre un tanto andrajoso se paró frente a mí, con su nariz a unos centímetros de la mía, entrecerró los ojos y se quedó así unos segundos. Fueron los más largos de mi vida. De repente, cambió su expresión de inquisidora a feliz con una sonrisa llena de agujeros, pero no se movió de donde estaba.
- Estaba seguro de que eras tú. No podías engañarme. Al principio, pensé que eras uno de esos héroes o peor, un turista - dijo escupiendo la palabra -. Como si por estar sólo de visita no pudiera pasarles nada. Pero yo sabía la verdad. Lo vi en tus ojos.
Era incapaz de hablar. El hombre seguía sonriendo, quizá esperando una respuesta, pero yo sólo podía pensar por qué me encontraba allí. Al instante recordé el sueño que me había traído y supe qué debía contestar:
- eee, gracias,...mmm... Murray.
El hombre ensanchó aun más su sonrisa, dio un paso atrás y habló:
- Bienvenido, Señor del Laberinto. Que tu futuro sea confuso y nunca llegues a tu destino.
Tras esto entré en mi nuevo hogar. Ya he encontrado la salida dos veces, pero, por suerte, siempre consigo perderme. ¿Qué gracia tendría, si no, vivir en un laberinto?